"¿Te quieres ir ya del parque?", "¿Comemos ahora?", "¿Te apetece bañarte?".
A simple vista, parecen preguntas de un padre o madre respetuoso, que quiere tener en cuenta la opinión de su hijo/a. Sin embargo, cuando pedimos permiso de forma constante, para tareas que son nuestra responsabilidad, estamos colocando sobre los hombros de un niño/a, de corta edad, un peso que no puede cargar: el peso de la decisión.
La diferencia entre opción y permiso
En Amara siempre decimos que dar opciones es maravilloso para la autonomía, pero pedir permiso es otra cosa:
Dar opciones: "¿Quieres el jersey azul o el rojo?" (Tú decides que hay que abrigarse, él/ella, decide el estilo).
Pedir permiso: "¿Te quieres poner el jersey?" (Si dice que no, y hace frío, te quedas atrapado/a en una negociación que no debería existir).
El niño necesita un guía, no un colega
Un niño/a pequeño, se siente seguro cuando percibe que el adulto sabe lo que hace. Si para cada paso que damos, le preguntamos a él/ella, el niño siente que el adulto está perdido.
"Si mi padre no sabe cuándo tengo que comer o bañarme, ¿quién me protege?".
Esta falta de jerarquía sana es, curiosamente, una de las mayores fuentes de ansiedad infantil.
El peligro de la "negociación constante" (Más allá de la rutina)
No solo ocurre con la cena o el baño, por ejemplo. Esta dinámica, se cuela en situaciones donde, como adultos, deberíamos tener clara la dirección:
En contextos de aprendizaje: "¿Te importa si me voy un momento a tomar un café mientras estás en esta actividad?". Al preguntar esto, le estamos dando al niño/a, la autoridad para decidir sobre nuestras necesidades de adulto. Si el niño/a, dice que "no" (por apego o por control), el padre o la madre, se queda atrapado, sintiéndose culpable o resentido. El mensaje debería ser: "Me voy a tomar un café y vuelvo a buscarte cuando termine tu clase". Seguridad, no duda.
Frente a los miedos: "¿Quieres subir a la atracción? ¿Seguro? Si no quieres, no vamos...". Aquí, el exceso de preguntas puede amplificar su miedo. Si la actividad es segura y sabemos que la disfrutará, el permiso constante le transmite que, realmente, hay algo de lo que dudar. Si no va a subir, no se pregunta; si se decide que es el momento de afrontar el reto, se acompaña con firmeza.
¿Por qué lo hacemos? (Y por qué nos agota)
A veces pedimos permiso por:
Miedo al conflicto: Queremos evitar la rabieta a toda costa.
Culpabilidad: Sentimos que "mandar", es ser autoritarios (cuando en realidad es ser autoridad, que es muy distinto).
El efecto en el niño/a: Un niño/a, al que se le pregunta todo, siente que el mundo es un lugar caótico, donde nadie manda. Y si nadie manda, él tiene que tomar el control, lo que le genera una carga de estrés brutal para su edad.
Recuperando la Batería del Cuidador
¿Recuerdas nuestro Compromiso del Cuidador? Pedir permiso agota tu batería. ¿Por qué? Porque te obliga a negociar cada minuto del día, y las negociaciones con un niño/a son agotadoras.
Tu compromiso de esta semana: Transforma las preguntas en afirmaciones amorosas pero firmes.
En lugar de: "¿Cariño, nos vamos ya?" (con miedo a la rabieta).
Prueba con: "Es hora de irnos. Tienes dos minutos más y luego guardamos los juguetes".